Desde La Barrera
El sosete se disfraza de demonio… y no asusta ni a un koala
El engreído bufón de la tecla se vende como azote del poder mientras, en realidad, se dedica a repartir aspavientos y a alimentar su ego con metáforas baratas

Hay textos que no merecen más que un bostezo, pero este del autoproclamado “demonio de Tasmania” de Valsequillo pide, al menos, un correctivo en forma de palabra. No por lo que dice —que es lo de siempre, victimismo de manual y épica de saldo—, sino por el descaro con el que pretende disfrazar la cháchara como si fuera periodismo.
El bufón de la tecla, tan sosete como engreído, se vende como azote del poder mientras, en realidad, se dedica a repartir aspavientos y a alimentar su ego con metáforas baratas de fauna australiana. Resulta grotesco: quien se presenta como enemigo temible, no pasa de ser un eco chillón que confunde Facebook con una trinchera revolucionaria.
Su texto no es un análisis ni un alegato. Es un monólogo de patio de recreo en el que presume de visitas, de nerviosismos y de conspiraciones que solo él ve. Como buen aprendiz de brujo, cree que agitando palabras sueltas puede crear tormentas, cuando lo único que genera es ruido de fondo.
Y lo peor: su obsesión con convertir cada anécdota en epopeya personal lo lleva a creerse perseguido, investigado y temido, cuando lo cierto es que la mayoría lo observa con la misma mezcla de indiferencia y vergüenza ajena que inspira un cómico fracasado en mitad de la función.
Si algo queda claro tras leer esta delirante autocomparación con el demonio de Tasmania es que el autor no necesita enemigos: su propia pluma, plagada de exageraciones y delirios de grandeza, lo retrata. Y no como fiera indomable, sino como caricatura ruidosa que se da importancia a sí misma porque nadie más se la da.
En Valsequillo, lo que hace falta es debate serio, datos y propuestas. No bufones que conviertan su falta de rigor en un espectáculo de feria.
Luis Verde, vecino declarado antibufón.



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